martes, 13 de mayo de 2008



Juaquin Ardanza (aquí sin Viña) es el nombre de un tipo que creé en mi mente. Cuando me pregunto si era necesario, la respuesta es no.
Me hubiera gustado tener una charla con Baudelaire mientras escribía Las Flores del Mal, con Borges cuando simplemente escribía o con García Márquez que sigue vivo.
No paro de darme cantos contra la pared. Y se está volviendo irresistible. Me resulta más sencillo ponerlo por escrito que darle utilidad al séptimo piso en el que me atormento a diario y tirarme por la ventana. En primer lugar, nadie me asegura que muriera al instante ( y lo de la silla de ruedas no me anima) y en segundo lugar prefiero guardar un disgusto más a mi madre y reservar el momento para cuando algún día publique si publico.

Váyase a la mierda todo el mundo. Incluida la mundialización de la cultura, los sonetos, los niños con pijama de rayas, el whisky, lo que queda de Wilde, las estanterías de las librerías y los manuales de y para actores. Hoy únicamente quedan a salvo los diccionarios, y entre ellos señalo con especial cariño, los ideológicos. El resto se puede ir al carajo. Me habían dicho que si uno si aplicaba lo suficiente para entender a todo el universo que nos acompaña -pasado, presente, futuro-, quizás obtendría la llave para acomodarse contento en el que fuera que fuera su sitio en ésta puta vida de la que se queja cualquiera. Tal vez yo hipe sin criterio. Tal vez fui escogida para nacer con el lamento de la mano. Me cambié tantas veces de pantalones… y sin embargo siempre hay un suspiro en mi bolsillo. ¡Que os jodan!, gritaría. Pero ni así me quedaría tranquila. Desconozco dónde se esconde mi descanso. Sí, en las pequeñas cosas, ya lo sé. En algunas canciones, algunos libros, algunas conversaciones. Puede que hasta se esconda en el solomillo al roquefort que me comí por ningún módico precio hará tres días en un restaurante caro (al lado de la Pedrera, que indican ellos en su tarjeta).

Fumar perjudica gravemente mi salud y fumo. Compro libros teóricos sobre el guión para ir hacia alguna parte y almaceno regalos para recordarlos algún día. Leer y escribir son otras actividades que he valorado más que el deporte, pero casi siempre se me hace de noche demasiado pronto. No eran necesarios ni tres párrafos de los que voy juntando para darse cuenta de que se trata de una profunda depresión. Hablo del síndrome caracterizado por una tristeza profunda y por la inhibición de las funciones psíquicas.

Todo individuo pensante habrá tenido el placer de acercarse a la depresión. Reconozco que muchos la han sabido gestionar mejor que la indigna escritora que escribe esto. Sabemos que tantos grandes genios solo lo fueron después de haberse comido, digerido y defecado dicha depresión. Puede que el error esté en mi esperanza de ser cualquier día un genio. No se pretende competir con ningún grande, simplemente serlo. Mis progenitores pagan una cantidad que no me atrevo a verbalizar a una terapeuta para que me ayude. Ya me dirán si ha servido de algo.

Cuando suena el teléfono pocas veces siento ilusión. Detesto irme a dormir porque ‘mañana’ me da miedo. Y empiezo a creer que jamás querré a nadie porque desde ya no me quiero a mí. Sabina podría hacer un buen ‘blues’ y algún amigo, explicarme que todo esto ya fue dicho. No me sirven. No me sirve nada. Y encima tendré que despertarme mañana. ¿Será culpa de los remordimientos?

No he dejado de sufrir desde que hice la comunión. Algunas noches lloraba, apretaba el rostro en mi cojín y cuando mi padre se acercaba y preguntaba: ¿qué te pasa princesa? Le respondía que no quería hacerme mayor… ¿es que ya lo sospechaba?

Abandonar parece que es de cobardes. Ui… yo no quiero ser una cobarde, habrá que simular que hay intenciones de luchar. O leerse las 20 tesis sobre ser cristiano de Hans Küng. Ni la actualidad de lo bello me parece ya romántica. He deshecho todos los elogios a la responsabilidad, disciplina y auto-estima. Mala hora en la que se puso la auto ayuda de moda. Y algunas veces me alegra ponerme un vestido, ornamentarme con cualquier flor y descorchar botellas de cava. Porque al fin y al cabo, solo entonces, encuentro algo. Encuentro la mierda de los demás y por suerte la música suena más fuerte. Debería probar a que Shakespeare me contara algo interesante.

Estoy apunto de convertirme en una mente superficial capaz de evocar, por ejemplo, en un programa de televisión un drama. Me explico. Podría probar a vender un formato que adaptara una serie como es Sexo en Nueva York a la idiosincrasia que nos envuelve. Y convertirme en una falsa experta de Sexo en mi ciudad, de hombres malos, de corazones rotos, de bloqueos emocionales, de vibradores tecnológicos y de números rojos. Domino la materia. Muy de vez en cuando me gustaría ser Leticia Ortiz. Duerme al lado de un hombre al que no llaman príncipe en vano que al menos se ha cultivado. Me corrijo, que ha sido cultivado. Ya es mucho, pienso.

Tengo una impresión muy desagradable de lo que puede llegar a ser el mundo. Para que intentar nada. No busco que me comprendan. Seguiré aquí, anonadada. Buenas noches.

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