El siniestro cielo hundió
una senda de pura delicia,
donde guardar tu ala bajo mi mano,
y dibujó un alambre que bordea
el litoral de tu cuerpo,
recorrido por un funambulista
que llora lagrimas de lunares porque
aprendió, con el feroz reflejo de la luna
que resplandece en el profetico invierno,
el insólito misterio del lamento que no concluye jamás.
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